La esclavitud y su legado: memoria y marginación en Elmina y Cape Coast
En febrero de 2026, los miembros del equipo Julia Davidson, Maeli Farias y Sam Okyere visitaron el Castillo de Cape Coast y el Castillo de Elmina como parte del proyecto financiado por el Consejo de Investigación de Artes y Humanidades del Reino Unido (AHRC), titulado «Slavery and Its Legacies: Contestations, Memory and Change» [La esclavitud y sus legados: impugnaciones, memoria y cambio]. La visita formó parte de nuestro esfuerzo más amplio por cartografiar cómo la esclavitud y sus sobrevidas se recuerdan, narran y movilizan políticamente en diferentes emplazamientos del proyecto. Las entrevistas y los grupos focales con residentes de las comunidades del entorno inmediato de los castillos agudizaron y profundizaron nuestras reflexiones sobre las reparaciones, la restitución y las duraderas consecuencias materiales de la trata transatlántica de esclavos en el presente.
Nuestra visita tuvo lugar en medio de renovadas demandas políticas de justicia reparatoria. Apenas unos días antes, en la Unión Africana y en las Naciones Unidas, el presidente de Ghana, John Dramani Mahama, había pronunciado discursos en los que reiteraba los llamamientos para que la trata transatlántica de esclavos fuera formalmente reconocida como un crimen de lesa humanidad y para que dicho reconocimiento diera paso a reparaciones. Su intervención refleja un discurso global en expansión que insiste en que la esclavitud racial no debe tratarse como un episodio histórico cerrado, sino como un sistema cuyos efectos nocivos permanecen arraigados en las desigualdades globales contemporáneas. Estos argumentos resuenan con fuerza en la literatura académica sobre el capitalismo racial, la cual desafía las narrativas que equiparan el capitalismo con la libertad y, en su lugar, postula que la esclavitud racial y la explotación racializada fueron constitutivas del orden económico global moderno. La extracción capitalista no surgió a pesar de la esclavitud, sino a través de ella, siendo los regímenes de dominación racial parte integral de los procesos de acumulación, desposesión y formación del mercado global (Robinson, 1983; Beckert, 2014).
Al mismo tiempo, los llamamientos a la reparación suscitan interrogantes difíciles y urgentes, tal como se analiza en la literatura especializada. ¿Qué constituye, en términos concretos, la reparación? ¿Quién es reconocido como sujeto legítimo de resarcimiento? ¿A través de qué mecanismos institucionales y políticos debería llevarse a cabo dicha reparación? Estas preguntas adquieren particular urgencia en lugares como Cape Coast y Elmina, donde las iniciativas globales de memoria se entrecruzan directamente con la precariedad local. Los castillos son los sitios patrimoniales más visitados de Ghana. Atraen a africanos de la diáspora que buscan reconectarse con historias ancestrales, así como a turistas interesados en encuentros educativos y afectivos con la arquitectura y las narrativas de la esclavización. Desde los patios hasta las mazmorras y las llamadas «puertas sin retorno», las experiencias curatoriales son emocionalmente poderosas y están cargadas de resonancia moral. No obstante, como sostienen los teóricos de la memoria y el patrimonio, los sitios históricos no solo transmiten la historia: también producen narrativas selectivas moldeadas por prioridades institucionales, contextos políticos e imperativos comerciales (Macdonald, 2013).
Tanto en Cape Coast como en Elmina, los guiones turísticos predominantes tienden a responder primordialmente a las expectativas de los visitantes de la diáspora. Los castillos se presentan como espacios de ruptura, trauma y posible reconciliación, simbolizando en gran medida una fractura entre el pasado y el presente. Sin embargo, las condiciones socioeconómicas de los barrios situados justo detrás de las murallas de los castillos cuentan una historia diferente: una historia de continuidad y no de ruptura. El concepto de «Discurso Autorizado del Patrimonio» (Authorised Heritage Discourse), formulado por Laurajane Smith, resulta esclarecedor aquí, al recordarnos que las narrativas oficiales a menudo dotan a ciertas interpretaciones de mayor visibilidad y legitimidad que a otras, marginando las realidades vividas que no encajan con facilidad en los guiones establecidos del recuerdo (Smith, 2006). En este contexto, la brutalidad del pasado se hace sumamente legible, mientras que la persistencia de sus consecuencias estructurales en el presente queda relegada a un segundo plano menos explícito.
Nuestras conversaciones con residentes que habitan en las inmediaciones de los castillos revelaron constantes dificultades socioeconómicas. La infraestructura básica —incluidos el saneamiento, la gestión de residuos y la vivienda digna— sigue siendo precaria. El desempleo juvenil está generalizado y las oportunidades de movilidad socioeconómica se encuentran gravemente restringidas. Los residentes describieron reiteradamente los castillos no solo como recordatorios del sufrimiento ancestral, sino también como marcas visibles de su propia exclusión contemporánea. Manifestaron soportar las cargas cotidianas asociadas al turismo —como la congestión, la acumulación de basura y la invasión de su privacidad mediante fotografías no consentidas—, sin disfrutar de un acceso proporcional a sus beneficios. Durante nuestra visita, observamos que los autobuses turísticos trasladan a los visitantes directamente a las puertas de los castillos, los guían a través de recorridos con horarios muy ajustados y parten poco después. La organización de las visitas garantiza una interacción mínima con las comunidades circundantes y una exposición muy limitada a las realidades vividas por sus habitantes. En consecuencia, muy poco del gasto turístico circula en estos barrios. Para los visitantes diaspóricos que buscan una reconexión, el encuentro está, por tanto e indiscutiblemente, mediado por guiones e itinerarios cuidadosamente diseñados, lo que suscita dudas acerca de la profundidad y la reciprocidad de dicha reconexión.
Al reflexionar sobre sus circunstancias, varios residentes nos dijeron que, a su juicio, la esclavitud no ha terminado. No se referían a la llamada «esclavitud moderna». Más bien expresaban una sensación de continuidad en los sistemas de poder asimétrico, explotación racializada y dominación elitista que en su momento deshumanizaron a sus antepasados y que, en su opinión, siguen estructurando su marginación actual. Los castillos y el trabajo de memoria en torno a ellos generan un valor simbólico y económico ampliamente administrado, empaquetado y consumido, mientras que aquellos cuyas vidas están más íntimamente entrelazadas con estos espacios históricamente saturados permanecen estructuralmente marginados. Sus testimonios resuenan con la noción de la «posvida de la esclavitud» (afterlife of slavery) de Saidiya Hartman, que llama la atención sobre cómo las condiciones de desposesión, la limitación de oportunidades y la reducción de las posibilidades vitales persisten mucho tiempo después de la abolición formal (Hartman, 2007). El fin oficial de la esclavización no disolvió las estructuras de desigualdad que generó.
Para que la justicia reparatoria sea significativa, debe abordar directamente estas continuidades localizadas. Los residentes articularon la reparación en términos materiales y participativos. Una reparación significativa, a su entender, implicaría una inversión sustancial en infraestructura, como baños públicos, sistemas de saneamiento, gestión de residuos y vivienda. También abarcaría iniciativas sostenidas de empleo juvenil, programas de formación educativa y técnica, así como oportunidades más amplias de progreso socioeconómico. De igual relevancia es la demanda de estructuras de gobernanza participativa que garanticen a las comunidades una voz auténtica en las decisiones sobre cómo se generan, gestionan y distribuyen los ingresos del turismo. Reimaginar el propio turismo patrimonial resulta central para esta visión, poniendo mayor énfasis en el compromiso comunitario, en narrativas lideradas a nivel local y en una participación económica asegurada para comerciantes y proveedores de servicios locales. Tales medidas se alinearían con los marcos de justicia restaurativa que posicionan a las comunidades afectadas como agentes activas de transformación, y no como meras receptoras pasivas de políticas públicas. Asimismo, desafiarían las lógicas extractivistas que configuran en la actualidad la organización del turismo patrimonial en estos enclaves.
Estar en el interior de las mazmorras de Elmina y Cape Coast es confrontar la cruda brutalidad del pasado. Estar afuera, en diálogo constante con los habitantes, es confrontar la persistencia de la desigualdad en el presente. Estas experiencias no son analíticamente separables. Lograr que las reparaciones sean significativas a nivel local exige tender un vínculo explícito entre el crimen histórico y las consecuencias contemporáneas. Tanto la memoria como las condiciones materiales de las sobrevidas de la esclavitud deben abordarse para comenzar a transformar las realidades vividas por quienes siguen siendo los más marginados por ella.